

Va el periodista. Todos los días (no puede, no quiere evitarlo) a su tarea. Aún cuando le toca descansar.
La cabeza a mil.
Hoy le toca el funcionario. O el gremialista. O el empresario. O la señora que reclama en el barrio y en el barro.
Hace frío. O el sol quema. No siempre lo tratan bien. Y el jefe estaba hoy en un mal día.
Tiene su familia. Se le complica la obra social. Y a veces no cobra a término. Y quizás, antes fue pasante por 3000 pesos.
El gremio a veces logra, con gran esfuerzo, ayudar.
No suenan las cacerolas por los periodistas. No hay marchas multitudinarias por mejoras en el salario. Apenas algunos gestos solidarios cuando los matan, cuando ligan de la policía o de la custodia.
Pero el periodista sigue. No lo puede evadir. Es una enfermedad querible, terrible, apasionada.
Y a veces, desde la radio o la televisión, algún reconocimiento de la gente. Las más, la soledad populosa de la redacción.
Cada 7 de junio se destaca su labor. Hay lunchs amontonados. La importancia de la prensa para la democracia y demás.
A otro día, de vuelta a pelear el sueldo, el respeto, el progreso.
Todos los periodistas tuvimos maestros. Tuve muy buenos a los que les hubiera gustado que yo sea mejor. Y todavía, grandes amigos y compañeros.
Feliz día!!!
Muchas gracias a todos mis colegas por su trabajo, por informarme, por ayudarme. Pero mas que nada, muchas gracias por su afecto, que siempre será mi mejor logro.
Espero que las cacerolas suenen por la prensa alguna vez. Será este un mejor país.
Pablo Borla



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