
Cuando el grito reemplaza al argumento
Cecilia TorresMientras la diputada Myriam Bregman exponía su cuestionamiento a la iniciativa del oficialismo, el diputado de La Libertad Avanza, Jairo Guzmán, la interrumpió una y otra vez. Hasta que Juan Grabois se levantó, cruzó el pasillo y el intercambio pasó de lo verbal al forcejeo. No es un hecho aislado. No es un "debate caliente".
Es la foto de una política que cambió los argumentos por la descalificación personal.Y acá aparece el nudo del problema que quiero marcar. En un video posterior, el propio Grabois se justifica diciendo: "Si el presidente grita e insulta desde el Poder Ejecutivo, no se pueden escandalizar por lo que hace la oposición".
Y tiene razón en la descripción, aunque no en la justificación. Cuando la máxima autoridad del país valida el agravio cotidiano como método, cuando desde el poder se insulta, se descalifica y se descarta el ejemplo ético, esa violencia verbal se desparrama en cascada hacia todo el arco político. Se genera un "sálvese quien pueda" discursivo, donde el que más insulta cree que más representa.
Pero perder el respeto entre pares no es un show para la tele sin consecuencias. Es degradación institucional. Y esa degradación baja. Baja al aula, baja al trabajo, al colectivo, y sobre todo baja a las redes sociales donde hoy nos estamos matando todos. La pregunta es simple y es la que nos tenemos que hacer como ciudadanos de a pie: si quienes nos representan, a quienes nosotros elegimos con el voto para que nos traigan soluciones y no problemas, no pueden tener una educación mínima y una convivencia democrática en una comisión, ¿qué ejemplo le están dando a la sociedad? No importa quién empezó. No importa si fue el oficialismo o la oposición.
Hay una ley básica que es anterior a cualquier ideología: el respeto. La firmeza de una convicción no se demuestra con guapezas de pasillo ni con gritos de tribuna. Se demuestra con ideas, con datos, con leyes que mejoren la vida de la gente.Volvamos a las bases. Volvamos al respeto. Porque cuando todo vale para imponer una idea, lo que termina rompiéndose no es una reunión de comisión. Es el pacto mínimo que nos permite vivir en sociedad.









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