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Milei acelera la formación del gabinete con funcionarios peronistas

Tiene ya ministro de Economía y un boceto del plan a aplicar. Ahora debe juntar los medios para hacerlos viables.

Nacionales 04 de diciembre de 2023 Guadalupe Montero Guadalupe Montero
politica javier milei

Hace tiempo se dice que la “nueva política”, la de los tiempos que corren, ya no necesita controlar el territorio, ni de partidos organizados, ni de seguidores encuadrados como militantes, ni siquiera de técnicos probados en la gestión. Le alcanza con una buena estrategia para las redes sociales y un liderazgo ducho en las artes de la comunicación. Todo lo demás o se ha vuelto irrelevante, o se puede conseguir fácilmente en el mercado, comprando o alquilando servicios.

Puede que esto sea más o menos cierto, pero con dos salvedades. Primero, es así hace bastante tiempo, y no se entiende bien por qué insistimos en la Argentina en querer inventar la pólvora una vez más, cuando ella ya fue inventada mucho tiempo atrás.

Segundo, y aún más importante, una cosa es ganar elecciones y otra muy distinta gobernar. Y para gobernar no se puede prescindir de los recursos de la política clásica, ni tampoco resulta factible simplemente tomarlos prestados o alquilarlos. Por eso muchas veces candidatos muy duchos en las artes de la “nueva política” descubren, al ser electos, que todo lo que hasta entonces habían despreciado, y de lo que habían podido prescindir, se torna absolutamente imprescindible y se les vuelve cuesta arriba conseguirlo de un día para el otro.

Es justamente lo que está pasando en estos días con Javier Milei, la Libertad Avanza y la nueva administración en formación. Para la que el tiempo vuela: entrará en funciones en apenas una semana, parece mentira. Y es ya bastante evidente que para ese momento apenas si habrá comenzado la tarea de proveerse de los medios que necesitará en los próximos años para hacer su trabajo, y sobrevivir.

Es que tampoco en este terreno hay margen para inventar la pólvora, le conviene imitar lo que han hecho todos sus predecesores. Y lo que enseña la experiencia es que hay que ser previsores, para no verse obligado uno a improvisar cuando se tiene la suerte o la desgracia de resultar electo para un cargo de gran responsabilidad en circunstancias llamémoslas “desafiantes”.

Nuestro presidente electo está lidiando con este problema, por no haber sido previsor, y lo hace bastante a las apuradas en dos frentes decisivos para su destino: el primero, conseguir funcionarios que funcionen, es decir, que tengan mínima idea de cómo hacer para que las reparticiones a las que serán destinados cumplan su rol, o al menos no se traben por nimiedades, como expedientes mal hechos que queden bloqueados, cuando se puede descontar que muchos burócratas del Estado, más politizados que nunca en los últimos años, harán lo imposible para empantanar las iniciativas que ellos quieran impulsar; el segundo, conseguir suficientes legisladores bien dispuestos como para que a sus proyectos de ley no les pase lo mismo en el Congreso.

Para resolver estos problemas está trabajando en una iniciativa concebida por Guillermo Francos, su futuro ministro del Interior y casi el único miembro de su círculo íntimo con alguna experiencia política, consistente en sumar a LLA otras dos tribus, tan mal organizadas como la propia: la de los seguidores de Macri y de Bullrich, y la de los peronistas disidentes, o moderados o como se los quiera llamar.

Y es el hecho de que se trata de juntar tres tribus, y no tres organizaciones partidarias, el primer obstáculo para que la idea funcione. Veamos la cuestión en detalle.

Milei, es ya evidente, pretende acercar a un sector del peronismo a su gobierno. Lo que tiene mucho sentido, no sólo por su carencia de funcionarios y legisladores, que a los peronistas les sobran, sino también por la necesidad de evitar que esa fuerza se abroquele en una oposición dura, como la que ya empiezan a armar Cristina Kirchner, Axel Kicillof y compañía.

Los canales elegidos para ese acercamiento tal vez no sean los mejores, pero son los que tiene a mano: Daniel Scioli, Florencio Randazzo, Juan Schiaretti y varios de los funcionarios que acompañaron a este último en Córdoba. Hilachas de lo que alguna vez fue el peronismo moderado o la “ancha avenida del medio”, como le gustaba autodenominarse.

En este terreno el primer peligro que corre el nuevo presidente es que le pase como a JxC con Miguel Ángel Pichetto, o antes a Mauricio Macri con Sergio Massa. Cuando figuras más o menos sueltas del PJ como estas se suman a un emprendimiento no peronista suele suceder que, si tenían detrás algún segmento no irrelevante del voto peronista, respaldos sindicales, o seguidores de esa extracción con alguna experiencia valiosa en el legislativo o el ejecutivo que aportar, los pierdan o se les devalúan.

Véase sino lo sucedido con los llamados “peronistas republicanos” en la coalición opositora desde 2019: se convirtieron en una colección de viejos caciques sin indios. O bien sucede que sus esfuerzos para no perderlos se vuelvan pronto incompatibles con el éxito de la gestión que han aceptado integrar o apuntalar, que fue lo que terminó enfrentando al massismo con Macri (y antes de eso le pasó a Alfonsín con su ministro de Trabajo Alderete, pero eso es historia antigua).

Claro, para Milei y Francos, con el apuro que tienen, ser tan detallistas les resulta imposible. Pero lo más probable es que se topen con el problema descripto a poco de andar: si creen que acercar a Scioli o a Randazzo “fidelizará” muchos votos en el Congreso, pronto van a descubrir que no es así.

Y si se ilusionan con los gestos de colaboración que les hace Schiaretti no tardarán en comprobar dentro de no mucho que el verdadero objetivo de este último es seducir a otros gobernadores peronistas y demás miembros de su partido, no a ellos, porque lo que el inminente exmandatario cordobés realmente busca es mejorar su situación en la interna pejotista, y solo subalternamente le interesa la suerte de la gestión que está por comenzar.

Mientras tanto Milei y su gente tienen que lidiar con un también deshilachado macrismo, que hizo mucho por disimular su derrota en las presidenciales, pero no está haciendo absolutamente nada por recuperar siquiera una pizca de la organicidad perdida desde que era el polo dinámico de Juntos por el Cambio. Más bien al contrario, sigue desgranándose, ahora en una disputa sin fin y sin reglas entre macristas y bullrichistas y de todos ellos contra los gobernadores del espacio, que hace acordar a las feroces peleas entre facciones trotskistas por el afán de destrucción mutua que todos los bandos demuestran.

A consecuencia de lo cual el macrismo ya no es siquiera un bloque reconocible entre las facciones en disputa por la suerte que les espera al PRO y a JxC. Es que los desacuerdos sobre cómo y en qué cooperar con el nuevo gobierno fueron agravándose a medida que avanzaron las tratativas.

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